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martes, 16 de agosto de 2016

El mayor error de tu vida (de 2010)

Comentario previo de la señora Ex-Carmen(A)tada.

Diré que ha sido modificada (bastante) para adaptarla a los días que corren.

Una vez más, me sorprende lo que se puede repetir el pasado.

Y me doy cuenta de lo inocente que era entonces, cuando unos sentimientos se olvidaban en dos meses.

El mayor error de tu vida.

Cuando parece que ya no estás.

Cuando parece que ya no duele.

Cuando parece que ya todo ha vuelto a la normalidad y que ya puedo mirar a las estrellas sin llorar, apareces, de nuevo. Porque te busco. Porque intentas recordarme.

Vueles a irrumpir inevitablemente, sin llamar a la puerta, pidiendo disculpas por el ruido. Y lo peor de todo es que lo estaba esperando. Lo peor de todo, es que lo deseaba todos los días, deseaba algo así. Una carta, una palabra... "Te quiero guapa; no te mereces esto".

Pero debo elegir. Y no puedo, mi amor. No puedo elegirte a ti porque no estás tan cerca de mí como él (porque ni siquiera estás), ni puedo elegirle a él, porque simplemente, él no es tú, porque no es al que amo realmente (porque él lo sabe y me aleja).

Pero él me quiere, mi amor. Me quiere a su modo. Se arrepiente y le duele. O eso me esfuerzo en creer, en mi mundo de fantasía (que siempre fue más cómodo que la realidad). Y tu también ¿no, mi amor? Al menos hace algún tiempo lo juraste. Hace lo que parece siglos. Y yo te quiero tanto...

¿Dejo que pase el tiempo y que si, maldito de él, no me hace olvidar que al menos ya no duela? Que respirar no sea ese puñal en el pecho. Pero mi amor, es tan difícil mirar a las estrellas sin recordarte... es tan difícil pasar una noche sin pensar en ti... y me gustaba mirar las estrellas.

¿Estaría mal, mi amor, intentar enamorarme de él? Perderme como me perdí contigo, aunque luego me dé la espalda, aunque luego finja que no me conoce, aunque luego no le importe herirme por miedo a no ser herido primero

¿Estaría mal olvidarte siendo que me quieres o que quizás un día me quisiste? Que tantas promesas se olviden, sin una justificación razonable: sólo orgullo.

¿Para quién es más injusta la vida si yo permanezco dividida en dos, mi amor? ¿Quién de nosotros tres se aprovecharía más? ¿Quién de los tres sufriría más en silencio?

No puedo mantenerme en una ilusión, no puedo permanecer esperando hasta que llegue el día en el que nos encontremos, en el que podamos cumplir nuestro sueño, o el que un día fue el nuestro. No puedo permanecer en una ilusión ¿Pero debo hacerlo, mi amor? ¿Por mi? ¿Por ti? ¿Por él? ¿A quién traicionaría más profundamente si tu y yo nos juramos amor eterno?

No puedo continuar besando unos labios a los que no amo tanto como los tuyos; Pero son la mejor medicina que encontré para contrarrestar mi soledad. Y con mal uso, cualquier medicina se convierte en droga. Lo sabes, ¿no, mi amor? Los momentos de descanso son los que él me abraza.

Estaba convencida de que con esto no hacía daño a nadie. Después de todo, solo tu me querías. Él se encontraba en la misma situación que yo. Y posiblemente siga en esa situación y yo sólo esté teniendo fantasías, delirios. Pero con el amor no se juega, y una vez más, he llegado tarde para darme cuenta. La niña que nunca aprende.

¿Cómo voy a seguir con esta farsa tan bien elaborada? Si todavía hay fuegos encendidos en mi pecho por tu mano, con lo que podría forjar cualquier metal; cuando él sólo es la brisa que lo templa. ¿Dónde queda el trabajo mejor realizado? Como si lo uno sin lo otro fuese un trabajo concluso.

¿Debo seguir con él, mi amor? ¿Qué me dices? Es cierto que le quiero, que me despierta ese palpitar que juré enterrar para siempre. Y quiero que así se quede aunque me duela estar descorazonada. En cierto modo, es el único que me hace olvidarte. Y como buena medicina, se está convirtiendo en mi droga y en mi sustento. ¿Qué pasa si esta vez puede de nuevo el orgullo?

¿No es cruel, mi amor?

¿No es injusto, mi amor?

¿Qué tengo yo, una simple mujer sin terminar de construir para que dos seres tan maravillosos se fijen en mi? Aunque uno ya me haya olvidado, mi amor, y el otro se esfuerce en hacer que no me conoce. Pero no solo os habéis fijado, mi amor, habéis cometido el mayor error de vuestra vida. Os habéis enamorado (o un día así lo juraste) de alguien que jamás podrá ser perfecta. De promesas vacías que ahora quedan guardados al fondo de un cajón de ropa que nunca me pongo. De recuerdos pasados que jamás se recuperarán, porque en su día cerré el candado y eché la llave al mar. De pesadillas que me perseguirán, atormentándome eternamente por el error que repararía.

Y sin embargo, sólo él hace que mi sueño guarde una respiración tranquila. Respiración que tú me robaste.

¡Oh! mi amor, mi amor, cuanto me gustaría abrazarte, besarte, cuanto me gustaría poder tocarte, mi amor, susurrarte al oído todas aquellas promesas, recuperar lo que un día fue nuestra vida. Y sé que no puedo. Lo peor de todo, es que sé que no puedo. Porque ya no estás, porque te empujé lejos y decidiste dar media vuelta.

¿Por qué habréis cometido semejante error? Encender un corazón que nació roto ¿Por qué decidiste caer, mi amor? Si luego tenías pensado abandonarme ¿Qué tengo yo que pueda hacerte tiritar aún cuando hace calor?

Has cometido el mayor error de tu vida, mi amor. Dar vida a algo que no puedes matar. Dejarme moribunda para siempre.

sábado, 21 de mayo de 2016

El dolor de un recuerdo.

Nunca volverá a ser tan amargo el sentimiento, ni tan dicho, ni tan falso, ni tan real, pues ya sólo queda la sobra de lo que un día fue un rayo.

No hay más que despedidas en cada uno de mis recuerdos, de los momentos que compartimos. Y el pecho sigue doliendo, pero con una sonrisa de "lo que no pudo ser no fue", perdiendo los sueños y el futuro que un día luché por tener.

Y no volverá a ser tan duro, ni tan sencillo. El verte sólo me causará una amarga y gran sonrisa, de todo lo que fuimos, como una película que siempre te alegra ver, aunque necesites llorar cada vez que lo haces.

Ya no me importa la suerte, ni la muerte, porque en mi camino se juntaron una vez y conseguí superarlo.

Lo cierto es que el dolor de un recuerdo sigue siendo dolor, pero el mismo que se te queda en una cicatriz tras una herida mortal. No te duele, sólo recuerdas que una vez, hace tiempo, quizás mucho, quizás menos, el daño estuvo ahí. No es un dolor real, aunque duela. Ni será tan amargo, ni tan dicho, ni tan falso, ni tan real. Ya solo es una cicatriz, aunque el recuerdo de la herida siga doliendo.

martes, 26 de abril de 2016

Intentarlo

Quizás mi vida está llena de traumas gracias a mi aspecto. Quizás es sólo la tontería que necesito para justificar mis actos.

Cuando era niña, nunca me preocupé de mi aspecto. Me daba igual cómo fueran las demás chicas. Yo sabía lo que quería y lo tenía. No me importaba nada.

La cosa cambió cuando empezaron a gustarme los chicos. Me había quedado atrás. Gracias a mi forma de ser, de no preocuparme por mi aspecto, no le gustaba a ninguno de ellos. Pasé mi "adolescencia" siendo rechazada, siendo la amiga simpática que sirve para acercarse a la guapa. Y aunque comencé a esforzarme, parece que no lo hacía del modo correcto.

Llegó un momento en el que me dio igual todo. Decidí romper esa necesidad estética y volví a ser yo, con un grito fuerte de "a quien no le guste, que no mire". Recuperé mi felicidad y comencé a tener seguridad en mí misma. Mi personalidad cambió y ahora es parte de lo que soy.

Supongo que soy más afortunada que las demás. Por fin he conseguido gustar sin ser un envoltorio. Les gusta lo que tengo, lo que soy, lo que visto, lo que hago... El completo. He encontrado el equilibrio entre aparentar que me quiero y quererme de verdad.


Esta canción refleja a la perfección esa etapa de mi vida (muy corta, gracias a Dios) en la que intenté esforzarme por los demás en lugar de hacerlo por mí. Esa época en la que vestía de una forma "porque estaba de moda" y no porque me gustase a mí. Hoy en día puede que tenga muchos errores estéticos. La diferencia es que los llevo con una gran sonrisa en los labios. Y me gusto.

Sin embargo, ahora la evolución se está pasando al otro lado de la cuerda. Y el péndulo vuelve a golpear demasiado fuerte.

Me encuentro en una situación en la que ciertamente no quiero estar. No sabría por donde empezar a contar todo lo que me ronda por la cabeza y me bloquea. Por un lado, creo que le gusto a más gente de la que me gusta a mi y eso siempre es malo.

En primer lugar, gustarle a alguien al que no quieres corresponder es difícil, porque tienes dos opciones muy marcadas: dejar de ser quién eres para dejar de gustarle a esa persona o seguir siendo igual para que esa persona siga interesada en ti. ¿Cual de las dos trata de ser más justa?

No quiero pensar que soy dueña del mundo, pero también sé que veo más de lo que mis ojos pueden captar. Hace tiempo que dejé de ser tonta y aprendí a leer entre líneas.

Tampoco voy a negar que el hecho de que tantas personas se fijen en mi me desagrada. Sería de tontos decir eso. La atención nunca sobra. Sin embargo, sí que reconoceré que a menudo estas situaciones me incomodan y me desagradan, puesto que no sé cómo actuar y con los años, he derivado mi personalidad a ser lo más natural posible.

Por otra parte, ¿estaré pagando con la misma moneda a estas personas que con la que me pagaron a mí los chicos que me gustaban y que no se fijaban en mí? Me siento demasiado soberbia cuando decido que alguien no es para mí. Me siento demasiado déspota cuando elijo entre todos ellos a uno solo, porque me veo igual reflejada en lo que ellos son ahora y yo fui hace unos años.

Sé que no es una excusa. Menos aún un buen razonamiento.

Llevo tiempo "enamorada", la verdad. Me encanta morir de amor. He encontrado a una persona que, quizás no me completa como la que esperaba que sería mi pareja para siempre, pero sí me da una tranquilidad y una calma que nunca jamás habría podido esperar tener.

Pero supongo que le doy miedo porque le gusto a demasiada gente. Y yo me planteo: ¿eso para quén es justo?

Lo cierto es que este tema  es el último que ronda por mi cabeza y uno de los que no me puedo deshacer.

Igual es ingénuo esperar que me llueva una respuesta al plantearlo en este blog. Igual lo lee una persona que no debe hacerlo, lo malinterpreta alguien o qué se yo.

A menudo me siento bloqueada ante algunas situaciones. Me gustaría poder decirle que tengo tanto miedo como él, que estoy aterrorizada de que me pase lo mismo que le está sucediendo. Me gustaría decirle que todo saldrá bien porque todo cambiará.

Pero supongo que las cosas nunca cambian.

O sí, pero demasiado lento y siempre saliendo con otra situación problemática.

En realidad a igual.

sábado, 23 de enero de 2016

Mi futuro contigo.

Puede que a veces peque de exceso de imaginación, no lo voy a negar. Tampoco es algo que quiera empezar a evitar. Me gusta perderme por el "´qué será", por el "qué pudo haber sido". Quizás por eso siempre me emocione tanto con una idea futura que ni siquiera puede ser.

Me imagino escribiendo, como ahora mismo, en un ordenador, en un pequeño despacho que acondicionamos hace poco tiempo para que tú pudieses seguir estudiando y yo me convirtiese en una escritora famosa. Ando en una entrada en mi blog de moda, perfilando una novela, o simplemente perdiendo el tiempo perfilando la técnica. Las opciones varían dependiendo de mi autoestima (qué le vamos a hacer).

Entonces, oigo cómo se introduce una llave en la cerradura. Sé perfectamente que eres tú. Tienes una forma única de hacer las cosas e incluso cuando no te veo, sé que eres tú (llámalo sexto sentido; ya sabes que siempre he sido un poco Daredevil). Vienes posiblemente de una guardia, o de un turno de noche. Esta semana es dura para ti. Nuestros hijos están en la cama (por si te interesa, son tres) e intentas hacer el menor ruido posible para no despertarlos, aunque sabes que no lo harán porque siempre han sido de dormir muy tranquilos.

Entras en el despacho, llamando suave con los nudillos, para no asustarme. Aunque sabes perfectamente que te he oído llegar. Son esa clase de detalles los que me encantan: los que haces sin que la gente se dé cuenta de que los haces.

Sueltas el maletín (eso dí que da igual; trabajes donde trabajes, llevarás maletín) y te sientas en el sofá, esperando a que yo vaya a reunirme contigo después de apagar el ordenador.

Sólo de verte me haces sonreír. Por muy poco fructífero que haya sido mi día, y aunque a la mañana siguiente tenga que discutir con el editor de mi nueva novela, tú haces que se me pase todo. Estás cansado, se te nota en la cara y en ese gesto que haces al levantar las cejas para hacer según qué comentarios (no dejes de hacerlo nunca, por favor). Aprovechas a tumbarte sobre mis piernas en el momento en el que me siento. Y yo, como siempre, porque me encanta, comienzo a acariciarte el pelo. Espero que siga sin gustarte que te toquen el pelo y que sea las pocas personas que pueden hacerlo.

Hablamos un rato sobre cómo nos ha ido el día, sin decir nada y diciendo todo. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Se puede hablar sin medir palabras. Y eso es asombroso. Tú te quejas. Te quejas mucho. De cómo funciona la vida y de cómo debería funcionar. Me gusta. Me transmite una sensación de paz. No sé todavía por qué, después de tantos años, pero es como cuando te conocí.

Cuando ya se nos empiezan a cerrar los ojos pro el cansancio, decidimos irnos a dormir. Antes de levantarnos del sofá, me dejas darte un tierno beso en la mejilla ("eso significa que cuidaré de ti toda la vida").

Antes de meternos en la habitación, decides echar un ojo a nuestros hijos. Están durmiendo plácidamente, sin saber que su padre ha llegado de trabajar. Posiblemente por la mañana se lleven una gran alegría. La idea de vernos a los cinco comiendo en la mesa es otra de las que más me gusta. Sé que repito mucho eso, pero no creo que pueda ser de otro modo.

Tú creías que no podrías ser nunca un buen padre, ni un buen marido.

Yo no puedo imaginármelo de otra forma.

Aunque yo nunca sea tuya y tú nunca seas mio.

viernes, 15 de enero de 2016

De nuevo, sobre estas cuatro ruedas.

Otra vez aquí, esperando en la fila para comprar un billete de autobús con destino a Alcalá de Henares, Madrid. La misma historia de una vez al mes.

Como desde hace ya un par de años, lo compro siempre a última hora. Aún recuerdo cuando en is primeros viajes (hace unos cuatro años), tenía que sacarlo por lo menos con dos semanas de antelación, para poder sentirme tranquila.

Cómo cambian las cosas. Conforme han pasado los meses, el tiempo se ha ido estrechando, y ahora me hallo aquí, con tan sólo una escasa hora para la salida del autobús. Hoy ya no soy la misma persona. Estos viajes se han convertido en un continuo en mi vida.

-Hola, muy buenas – sonrisa ante todo –. Un billete de ida y vuelta para Alcalá de Henares hoy a las 14:20 y con vuelta el domingo a las 21:25.

Cualquiera diría que después de cuatro años haciendo la ruta una vez al mes, me tendría que haber aprendido el horario, pero no. Siempre he de sacar el papelito y consultarlo. Que viaje tan a menudo no afecta a mi mala memoria.

Pago religiosamente mis 27’14€ y me retiro cogiendo en billete con un sincero “Muchas gracias” ante el “Buen viaje” de la taquillera que me ha atendido. También me acuerdo cuando el billete no valía ni 25€ y cómo poco a poco ha ido subiendo de precio. Cosas de la crisis, supongo. Eso no me ha frenado para seguir viajando.

En las fechas en las que estamos, en la estación Delicias de Zaragoza sólo tienes dos opciones para esperar el autobús: morir congelado en la dársena donde estacionará tu autocar o meterte en uno de los cubículos y esperar pacientemente la voz que anuncie tu viaje.

También he cambiado en eso. Hace cuatro años prefería pasmarme de frío, soltando vaho y tiritando, ante el miedo de que pudiera aparecer mi bus sin que yo me percatase e irse sin que yo me hubiese montado en él. Hoy, espero paciente, leyendo de mi libro electrónico, adelantando el entretenimiento reservado para el viaje.

Siempre me ha gustado observar a las personas que están conmigo en la cabina. Algunas son de aspecto simple y otras más curiosas. A menudo se mantienen conversaciones a las que no puedo evitar prestar atención, disimuladamente, escondiéndome tras mi e-book.

Sobre todo me encanta cuando hay alguna familia con niños pequeños. Me gusta la visión que tienen del mundo éstos últimos: cuando todo es jugar y divertirse y cuando están bien educados lo hacen susurrando.

Me arrancan sonrisas.

Conforme se va acercando la hora, voy recogiendo lo poco que he desplegado: los desperdicios de un breve sándwich sacado de una máquina expendedora que ahora tiraré a la basura, una botella de agua y el libro electrónico.

Salgo a las dársenas y me coloco en la fila de mi autobús. Cuando baja el conductor, ya sé lo que va a decir: “Maletas de Madrid a la derecha, el resto, a la izquierda”. El resto solemos ser Guadalajara y Alcalá de Henares; igual con un poco de suerte, alguno hay de Calatayud.

Es entonces, no obstante, cuando la gente parece volverse loca. De tanto que corren, alguno juraría que casi vuela. Si es su primer viaje, lo entendería. Yo también era así antes. Me movía con la incertidumbre de no saber qué iba a pasar. Ahora ya no. Sé que va a haber un hueco para mí y que si no, el conductor lo hará para mí. Supongo que son gajes del “oficio”.

Colocada la maleta en el sitio que corresponde, me pongo en la fila, con mi billete en la mano. Ya he mirado el asiento y ya tengo calculado mentalmente dónde me toca sentarme. Siempre prefiero ventana, pero tampoco soy de las que las piden a propósito. Hoy he tenido suerte.

-Asiento 9, muchas gracias – dice el conductor tras coger mi tique y romper un trocito para demostrar que está pasado. Con una sonrisa, claro.

Contesto con otra sonrisa y procuro subir lo más rápido para no interrumpir la maniobra de los demás.

Al llegar a mi asiento, me quito el abrigo dejándolo en el hueco de arriba y me siento. Por suerte todavía no hay nadie sentado en el lugar del pasillo, porque si no, entre que se levanta esa persona, te deja pasar y se vuelve a sentar, se forma una cola detrás interminable. Qué le vamos a hacer, cosas del directo.

Más tarde sólo me queda sacar los auriculares, desenrollarlos (porque parece que antes de salir de fábrica hacen un curso sobre “cómo hacer nudos sin causa aparente”) y enchufarlo a la radio de mi asiento. ALSA radio, sí señor.

Por delante quedan cerca de tres horas y media de viaje, de un paisaje relativamente monótono que ya tengo muy visto.

Mi compañero tarda en sentarse. Es un señor mayor, de unos 60-65 años, que poco tarda en quedarse dormido de un modo en el que da la sensación de que se va a romper el cuello con cada bache.

Y el tiempo se me hace caprichoso cuando estoy en el autobús. A momentos corre a pasos agigantados y a veces tengo que empujarle para que siga andando. No debería ser así. He madurado en todo, en estos cuatro años. Pero el tiempo no me acompaña en esto. Él hace siempre lo que quiere.

De pronto, me encuentro reflexionando sobre todo lo que ha cambiado en mi vida. En un estanque infinito del tiempo, sin que se muevan las agujas del reloj, aunque el bus avance en su ruta.

Recuerdo el primer viaje que hice, sola; aquella locura que él me propuso: “Vente, mis padres se van este puente. Tendré la casa para mí solo”. ¿Qué tenía yo en esa época? ¿18 años? Nunca me he considerado una persona inmadura, pero ahora, al echar la mirada atrás, me doy cuenta de que fui una niña enamorada. Compré el billete casi sin pensar (sólo porque él me lo había pedido) y me fui rumbo Alcalá, sin siquiera saber qué me encontraría allí.

El tiempo quiso convertirlo en costumbre. Y a Dios que doy gracias por ello.

Hoy, también he evolucionado en eso. El primer viaje lo pasé enteramente despierta, informando de por dónde iba, de qué tal estaba la cosa… Todo me emocionaba, cada nueva señal que veía con mi destino gravado, hacía que me diese un vuelco el corazón. Ahora mismo, lucho por no cerrar los párpados en una posición que me lastime. Siempre llevo mil actividades: estudio, lectura, videojuegos, y un largo etcétera. Pero todo se vuelve inútil.

Lo incómodo de viajar en autocar (bueno, y en cualquier transporte público) es que siempre te molesta la gente. O quizás es que yo no soy muy social, que todo puede ser. Siempre hay alguien chillando por el teléfono, alguien roncando, uno que ha decidido que descalzarse es lo mejor que puede hacer en un sitio cerrado, una persona que al levantarse de su asiento utiliza el tuyo para ello y hace que te tambalees… Está claro, puede que la antisocial sea yo. No lo negaré.

Pero todo pasa. Incluso esas (dudosas) interminables tres horas y media de viaje. Llega. Ese momento en el que miras por la ventanilla y puedes atisbar tu parada a lo lejos, viendo a un montón de personas esperando en ella, sabiendo que una de esas figuras te está esperando exclusivamente a ti, para pasar un fin de semana aunque sea, unos pocos días que compensan tanto la distancia que hay entre vosotros.

¿Puede existir tanta ilusión en llegar a tu destino? A pesar de que hayan pasado los años, el corazón siempre se me acelera, sabiendo que por fin he llegado, sabiendo que ha merecido la pena todo el rato sentada, dormida, leyendo o haciendo mil cosas.

Bajar lo más rápido posible (más incluso de lo que te permiten tus piernas), con el corazón tan acelerado que se te olvida que habías traído maleta, y lo mejor de todo, poder, por fin, lanzarte a sus brazos como si no hubiese nadie más en el lugar. Descubrir que nada ha cambiado, que todo sigue igual y que seguirá igual que el primer día entre vosotros dos, por mucho que tú mismo hayas cambiado, evolucionado o como quieras llamarlo.

Y no hay nada que valga más para mí que eso.

lunes, 11 de mayo de 2015

Una breve explicación.

Puede que sea difícil.

Lo entiendo perfectamente.

No hice bien.

Pero me he hecho una promesa muy importante a mí misma que no voy a dejar de cumplir.

Por primera vez en mucho tiempo, sé lo que quiero; sé que yo no he sido la buena de la película y que no debería de haber sido la protagonista. Sé que las cosas son difíciles tal cual están ahora y que es posible que tú jamás vuelvas a confiar en mí del mismo modo.

Pero voy a dedicar cada minuto de mi vida a demostrarte (y demostrarme) que soy mejor persona y que lo soy gracias a ti, estés o no estés a mi lado.

A vece sla vida nos plantea muchos problemas. Es nuestra opción coger el camino fácil o el difícil. Siempre he sido de las que cogen el fácil (por mucho que la gente opine lo contrario). Ésta vez no.

¿Sabes por qué? Porque un amigo me dijo que yo era una persona afortunada por haber encontrado lo que mucha gente se pegaba la vida buscando: el amor verdadero de mi vida. E independientemente de que consiga o no estar contigo, tú siempre estarás en mi corazón de ese modo.

Si no me queda más remedio, seré una viuda eterna que no hace más que llamarte para saber algo de ti.

viernes, 13 de marzo de 2015

Hoy.

Hoy es uno de esos días en los que me apetece que alguien me mire a los ojos, me sonría con el alma y me abrace. Que no necesite intercambiar palabras para decirme que me quiere como a nadie; no un amor pasional desenfrenado; no abandonarme a los besos y a las caricias; no a la locura. Sólo un abrazo. Simple. Sincero. Que no diga nada más que la verdad.

Hoy necesito que alguien me abrace.

Mañana será otro día.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Guapa.

Puede que sea el mal reflejo de mi nueva explosiva vida. Puede que algún día despierte y me dé cuenta de la realidad que bajo mis pies se esconde.

Pero hoy no es ese día. Y por lo visto, de momento, parece quedar muy, pero que muy lejos. Y me alegro por ello.

Y mi belleza es posible que sea como los bostezos o las sonrisas, que se terminan pegando. Hoy ha sido especialmente alagador para mí. Que al sentirme guapa todo el mundo me vea igual, que deslumbre con mi seguridad, que ya no me importe quién me mire y quien no me mire, que me da igual lo que digan.

Hoy, he ido a comprar por la mañana con mi madre y me ha dicho "A ti hoy se te ha subido el guapo". Significado: estás bastante más guapa que otros días. Lo que pasa con las madres es que el piropo es más un "qué bien te hice" que una apreciación real y objetiva, ¿no?
Más tarde, he ido a mi antiguo colegio y se me ha acercado una niña, preguntando si era una profesora nueva. Le he contestado que no, que yo estudiaba ahí y que no soy nueva. En un gesto ya de medio irse, la niña me ha dicho "¡Ah! Vale. Es que eres muy guapa". No me ha dado tiempo a agradecérselo de lo rápido que ha corrido, pero me ha alegrado el día, porque la sinceridad de los niños es legendaria. Me ha hecho sonreír muchísimo.
Mas tarde, en el mismo lugar, ya casi cuando me iba, una de las profesoras que me llegó a dar clase me ha dado dos besos, me ha mirado y me ha dicho "Te veo muy guapa, guapísima, pero muy guapa". Así que esta es la definitiva en la que me lo he creído, porque a la tercera va la vencida.

Pero lo mejor de todo es que me siento guapa. Así que me voy a dedicar yo a mi misma esta canción. Porque me siento así hoy, y mañana, y pasado...

lunes, 22 de diciembre de 2014

"El amor es como una mariposa"

Hace tiempo ya (como uno o dos meses) que quiero escribir esta entrada. Los motivos por los cuales no lo he hecho, han sido los de siempre: parece que siempre tengo cosas mejores que hacer que aquello que me he propuesto.

Sin embargo, a pesar de la demora, sé perfectamente lo que quiero poner y la historia que quiero contar.

El día en el que ocurrió todo esto, estaba con unos amigos tomando algo en un bar después de una mañana entera de ejercicio y deporte. El bar es el habitual al que solemos ir cuando nos juntamos a tomar algo y ya conocemos al dueño, que nos trata de una forma decente (no exquisita, pero tampoco superficial). El caso, es que ese mismo día, un hombre con cierto retraso mental (literalmente), estaba rondando por el bar y "molestando" a la clientela.

Puede que sea mi forma de ver el mundo, o quizás que tengo demasiada paciencia para muchas cosas de la que otra gente carece, sin embargo, a mi, no hacía otra cosa que fascinarme aquel hombre. Iba, mesa por mesa, intentando conseguir algo de conversación, de cualquier cosa, con cualquiera de los que nosotros estábamos allí. El dueño del bar no hacía más que insistir que si seguía molestando a su gente, no tendría más remedio que echarle. Entiendo su postura, no me malinterpretéis, pero no dejó de parecerme cruel. Si aquel hombre hubiera sido un impertinente, o un borracho o cualquier otra cosa le habría aplaudido, pero no era así. De verdad, claramente se le veía el retraso.

Así, que no sé por qué, cuando se acercó a nuestra mesa, en lugar de fingir que me interesaba lo que decía aquel hombre para que se callara y se fuese, realmente me interesé por lo que dijo. ¿Qué más me daba fingir que prestar un poco de atención? El hombre, al ver que estaba realmente atenta a lo que decía, se quedó en nuestra mesa. Vi que mis amigos comenzaban a pasar de él y que comenzaban sus propias conversaciones, así que por no molestar a nadie, me puse de pie y alejé un poco a aquel hombre de nuestra mesa.

El señor comenzó a contarme mil cosas de su vida: su mujer se había divorciado de él, pero ahora estaba muy enferma y necesitaba cuidados y era él el único que se preocupaba de ella (porque no habían tenido hijos), y que cuando él iba a visitarla siempre le decía "Sé que tú no me quieres, pero yo a ti sí, por eso te cuido sin esperar a que me des las gracias". Me contó varias historias más y habló de lo mucho que le importaba a la gente el dinero, de lo que les cegaba y que eso era algo que no les dejaba vivir ni ser felices. Le "echó la bronca" al dueño del bar diciendo: "Éste es el que más dinero tiene y el que más dinero quiere. No se atreve ni a dejarme estar porque le hago perder clientes. Pero yo sólo quiero que me escuchen".

En ese momento, vi que aquel señor necesitaba algo de cariño y, como también me habían conmovido las historias que me había contado antes y sentía cierta compasión por él (sí, aunque sea una palabra fea, compasión era lo que sentí), le pasé mi mano por el hombro y el brazo, acariciándole, nada, como cuando te topas con alguien que te ha contado una desgracia.

En ese momento fue cuando se echó a llorar. No de forma desconsolada. Unas lágrimas sin más y una sonrisa. "¿Ves? Lo que tú me has demostrado, quedándote a hablar aquí conmigo, esperando a que llegase a algún lado y que sin embargo, no llego, sin echarme ni pasar de mi. Gracias" Ante tal declaración yo también solté alguna que otra lágrima, la verdad, porque, ¿cómo puede haber gente tan buena sin que nadie le atienda? Si aquel hombre hubiera sido normal, si no hubiera tenido ningún problema, quizás yo no me habría parado tanto tiempo en él. Pero no era así. La gente que tenemos tantos problemas, que no somos "normales" necesitamos más paciencia que el resto. Como si tú echase la bronca a una madre porque su hijo de tan solo unos meses está llorando.

En fin. Le dije que no pasaba nada y que estaba encantada de haberle escuchado. Y así era. Pero él no había terminado de hablar. "¿Sabes? El amor es como una mariposa. Puedes conservarla en un frasquito, dentro de ti, que no se estropeará nunca, pero tampoco servirá nunca a nadie, porque nadie más podrá verla o disfrutarla. Y sin embargo, puedes soltarla y entregársela a alguien, compartirla y que pueda admirarla igual que tú. Cuantas más mariposas tengas, con más gente podrás compartirlas y así todos serán un poco más felices. No me refiero al amor de pareja, a ese amor no, bueno, no sólo. Me refiero a todo tipo de amor: a la amistad, al cariño hacia las personas, a las sonrisas a los desconocidos... eso también es amor, ¿no? Hay un montón de mariposas en el mundo, mil tipos y hay que intentar coleccionarlas todas."

Puede que el recipiente de quien dijo ésta metáfora no fuese la persona más inteligente del mundo, puede que incluso no sea suyo y lo haya leído en algún lado y se lo haya apropiado, pero me pareció tan perfecta aquella comparación...

Verdaderamente, desde entonces, no dejo de pensar en aquel hombre. Me hace sentir bien cuando estoy mal y me hace tener paciencia cuando no estoy bien. Me gusta recordar que el amor es como una mariposa y que puedo tener una encerrada dentro de mi, o miles de ellas revoloteando por el mundo. A veces cuesta abrir el bote y dejar salir al bichito, pero creo que merece la pena hacerlo.

Si todo el mundo tuviese más en cuenta esta filosofía, seguro que todos sonreiríamos más y caminaríamos más felices.

Soltad la mariposa que lleváis dentro, capturar más y compartirlas con el resto. Hagamos una cadena de sonrisas.

domingo, 12 de octubre de 2014

Un día me dijo mi padre:

"Si los idiotas volaran, no veríamos la luz del sol".


Me dio la risa.

Luego comprendí que lo que debería darme es lástima.

lunes, 3 de febrero de 2014

"¿Por qué te quejas?"

Hoy me he llevado una pequeña desilusión (no ha sido pequeña, más bien todo lo contrario).

Por lo general, suelo ser una persona que acepta lo que se le viene encima sin mucho sufrimiento. Recuerdo, que tenía un profesor que siempre nos citaba a la clase una frase (no me preguntéis de quién es la frase porque no lo sé). Nos decía: "Si tu pena tiene remedio, ¿por qué te quejas?; y si tu pena no tiene solución, ¿por qué te quejas?".

La frase creo que es una de las más ciertas de este mundo. Si puedes hacer algo por solucionar tu problema, hazlo sin pararte a pensar. Si por otro lado, tu problema no tiene solución alguna, cuanto antes te adaptes a él, antes pasará el mal rato.

Sin embargo, hoy no podré evitar esa sensación de desasosiego que inundará mi corazón.
¿El motivo? Una pequeña tontería de nada (según cómo se mire). Mi novio, que vive en Madrid, iba a venir este fin de semana a Zaragoza a verme, pero como es tan... (ya le dedicaré alguna que otra entrada), pues no puede venir porque se ha torcido el tobillo y le han dado baja laboral y ahora está recluido en su comunidad (que por cierto, Zaragoza es mucho mejor :P).

Es una pequeña tontería. Pero son estas pequeñas tonterías las que te hacen decir ¡Jo! de vez en cuando.