sábado, 10 de julio de 2021

Miedo

He de reconocerlo.

Tengo miedo. Mucho. A muchas coasas. A cosas con (sin) senrido.

 

Tenfo miedo de que me descubras, o a que no me descubras nunca.

A que me entiendas y sepas ponerte en mi lugar y no lo encuentre suficiente, o a que no me entiendas y yo no le dé importancia.

Tengo miedo de que me conozcas y te enamores de mí, o a que me conozcas y decidas huír antes de que sea demasiado tarde.

A que quieras vivir conmigo y te des cuenta de que no quieres vivir conmigo, o a que no quieras vivir conmigo, o sobre todo a que quieras vivir conmigo y te des cuenta de que SÍ quieres vivir conmigo.


Poeque ¿en qué posición me pone todo esto a mí?

martes, 29 de septiembre de 2020

Terca como una mula.

 Debía seguir. Ella sola.

¿Por qué? Nadie más lo haría si no era ella.

A veces dolía. Ver cómo todo el mundo la observaba sin echarle una mano. Ver cómo se le caían las cosas al suelo y a nadie parecía importarle.

Y sólo cuando se cansaba y daba un golpe bien fuerte, alguien se giraba y se daba cuenta de lo que estaba sucediendo.

No es que necesitase ayuda, es que el trabajo era de todos, pero no había implicación por parte de nadie.

Total... Ya estaba la terca como una mula.

Debía seguir. Ella sola.

viernes, 25 de septiembre de 2020

¿Química?

 Voy a plantearme lo que nunca me planteé, lo que tengo miedo de resolver porque creo que sabría la respuesta.

¿Qué es exáctamente lo que nos une? ¿Qué es lo que nos hace buscarnos? O al menos, ¿qué es lo que me hace buscarte constantemente?

¿Qué nos queda sin las caricias a escondidas bajo la mesa? ¿sin esas miradas desesperadas pero secretas? ¿sin los besos furtivos al encontrarnos solos? ¿sin ese deseo inexplicable e injustificado?

¿Conversaríamos? ¿Quedaríamos a tomar un café, una cerveza o un mojito si no supiésemos que la historia acabará en la cama? ¿Seríamos capaces de tener algo más allá de toda esta simple aventura? ¿algo en común que nos uniese más allá? ¿que nos conservase más allá del cuerpo?

En realidad, si me lo planteo realmente en serio, no sé las respuestas a tantas preguntas. Antes he mentido. Quiero saberlas y me autoengaño para convencerme de lo peor, por si algún día resulta ser verdad que tengo que enfrentarme a ellas.

Pero ni siquiera sé mi respuesta. Y contigo a penas he intercambiado palabras. Hay un completo desconocido en tu interior. Porque jamás pregunté; porque jamás me contaste.

Nunca entendí tanto el significado de tener química como ahora mismo, porque realmente, eso es lo que siento que tengo contigo. Necesito acercarme, necesito que me veas (y no sólo que me mires), que me desees y que me susurres "te he echado de menos". Esa sencilla atracción sin sentido, sólo porque la naturaleza así lo exige para que el mundo funcione tal y como debe funcionar.

No necesito que nadie lo sepa. Eres mi secreto. ¿A voces?

Puede que sí, pero no se puede luchar contra la química; aunque el resultado sea explosivo. Aunque no haya más que una atracción de cuerpos, sin fundamento, sin nada más allá que un deseo biológico, físico, carnal y sucio (maravillosamente sucio).

Incluso si llegase a odiarte, estoy convencida de que eso perduraría, porque no tiene nada que ver con algo humano, con algo racional o meditado. No. No por mi parte; porque cuantas más vueltas le doy, menos sentido tiene.

Y no es que quiera pasar el resto de mi vida contigo. Eso ya se me pasó. Olvidé el futuro: los hijos inexistentes, los perros pendentes de adopción, esperarte a altas horas de la noche a que llegases de trabajar con tu maletín, a un anillo en el dedo y una casa con bonito jardín... No es que quiera pasar el resto de mi vida así contigo.

Quiero cruzarme contigo por la calle y desnudarte con la mirada, mordiéndome el labio para que cojas la indirecta y me devuelvas lo que estoy buscando (tu atención). Quiero sujetarte la mano cuando la apoyes sobre mi pierna, dándote permiso para estar ahí (o en cualquier otra zona de mi cuerpo) el tiempo que quieras. Quiero doblar la esquina y besarte, que me agarres del cuello y que podamos desnudarnos.

Quiero química.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Hay que quitarse el polvo de vez en cuando.

 Hace unos meses tuve la presentación de la asignatura de Plástica en la carrera. En ella nos pusieron este videoclip, que como veréis, está compuesto por múltiples obras de artes. Qué palo más gordo hacia mi persona... Qué ignorante me sentí.
Siempre me ha gustado el arte, pero nunca lo he tenido muy en cuenta. Ni autores, ni obras, ni movimientos... Soy una pura inculta que presume de ser artista. 


Por otro lado, reconozco que esta canción me gusta mucho. La energía, las ganas de seguir aunque todo te vaya mal y ese buen rollo. A veces necesito sentirme así, darme un empuje más, una vuelta de perspectiva, sin olvidarse de la realidad, claro. Sólo aceptarla y seguir.

viernes, 24 de enero de 2020

Cuando se acaban las palabras.

Y se les acabaron las palabras. Sin más. De repente. Bueno, no del todo. No de repente.
Solo que ya se habían contado todo y no tenía sentido seguir hablando, (si lo que querían no era hablar).
Y por tanto, como no tenía sentido de otra forma, callados estaban.

Se miraron. Pero no de frente, no indiscreto, sino que lo hicieron de reojo. Primero él, y cuando creyó que ella lo hacía, retiró la mirada. Sólo quería averiguar en qué pensaba ella (en todo o en él).

¿Y ella? ¿Qué pensaba ella? En realidad, no pensaba nada (o pensaba sin saberlo, en él). Ella sólo intentaba reunir valor para acercarse un poco más a él. Rezaba porque se diese cuenta de todas las señales que le lanzaba. Los roces despistados de su pierna con la suya, las caricias perdidas en sus hombros al quitarle una "no sé qué es esto" (posiblemente algo inventado), las sonrisas en los silencios, las caídas de párpados mirándole fijamente...

Y al ver que no había valor para nada, que rezar no servía en absoluto y que las palabras se habían acabado, se acercó a él y le besó en la mejilla, dispuesta a despedirse hasta un nuevo intento.
Cerró los ojos para disfrutar del momento, de su olor único, del calor particular de su piel; para disfrutar, en definitiva, de él.
Lo hizo despacio, sí, para hacer largo ese instante. Convertirlo en eterno, si pudiese.

Y al alejarse y abrir los ojos, vio su mirada clavada en sus labios y supo lo que tenía que hacer. Dejarse desaparecer en ese beso infinito.

martes, 5 de noviembre de 2019

Recorrido de vida.

No sabría decir qué era lo que más le saturaba de todo aquello: el hecho de saberse capaz de desempeñar un trabajo para el que cada vez más claramente estaba predestinada; o por el contrario, que todo el mundo le dijese que había que cambiar, sin hacer absolutamente nada por esto último.

Al pasearse a pensar en su vida, desde el comienzo que ella recordaba, siempre había estado pendiente de los niños y niñas de su entorno. Ella igual tendría tan solo cuatro o cinco años cuando empezó a hacerse con un grupo de pequeñajos que seguían sus pasos como si fuera la mamá pato. No con orden dictatorial, como pueda parecer a esas edades tempranas, sino con un carácter verdaderamente lúdico que ellos mismos le solicitaban.
Conforme fue más mayor, siempre presentó esa capacidad innata. En los test, aunque ella quisiera ser médico, o juez, o policía, o astronauta, o actriz..., siempre salía en un alto porcentaje su capacidad para la docencia y para la organización de actividades.
Pero la juventud es contradictoria a veces a la naturaleza, por esa capacidad de rebeldía de la adolescencia.
Sin embargo, no se puede luchar constantemente contra uno mismo. Y ella llegó a descubrirlo. Estudió para lo que valía. Al principio, estudios que todo el mundo puede obtener sin problemas siempre y cuando pague el precio establecido: Monitor de Tiempo Libre.
Sin esfuerzos ejercían cada vez que la convocaban, pocas veces debido a su inexperiencia (incongruencias de la vida). Y los niños y niñas la adoraban con cierta pasión. Quizás porque rompía un poco el molde de las viejas locas que habían tenido hasta el momento como monitores.
Tras un par de intentos fallidos de incorporarse a la vida académica superior, la famosa Universidad y Universidad con mayúscula, puesto que parece que no hay nada más importante en el mundo, decidió estudiar un Grado Superior. Y esta vez las mayúsculas sí que van un poco más sujetas a la importancia real que ella tuvo en su educación.
Y tras esa experiencia maravillosa, tras esa vez que dijo “nunca más a la universidad”, aquí está otra vez, ahogándose. “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, ¿no? Con profesores de cátedra que le dicen lo que ella ya sabe, lo que ella ya a aprendido. Tenía los conocimientos, tenía la práctica y se esforzaban en decirle que debía terminar sus estudios, porque al parecer, no era suficiente con todo lo que había adquirido a lo largo de su vida. Que incluso ella habría podido dar alguna que otra clase, al menos con la calidad que le ofrecían.

Y en cuanto a eso, a ese último comentario que pasaba por su cabeza, iba su segundo malestar. ¿A fin de qué se empeñaban en conservar un sistema obsoleto? ¿Con qué propósito recuerdan una y otra vez que la escuela, la educación actual no funciona, manteniendo fielmente la manera de transmitir conocimientos? ¡Qué estúpidos! Pretenden cambiar el mundo sin el ejemplo. Pretenden satisfacer al mundo con una gran idea que otro debe ejecutar. Pretenden ser “maestros” de la verdad, sin esforzarse en el cambio.
¿Y entonces, qué le queda a ella? Vivir atrapada en una espiral, que asciende, que nunca cambia, o quizás sí, pero sólo de mano y no de forma.
Con esa hipocresía que observa día tras día en sus rostros, en sus actuaciones, en sus voces. Sorprendente como ni ellos mismos se dan cuenta, o no quieren darse cuenta.
“¡Sois el cambio!” “¡Sois el ejemplo!” Emprendedoras. Eso dicen. Cambiar lo inamovible. Cambiar lo que otros no quiere, porque ya no es que no puedan, es que no quieren cambiarlo.

Así que ahí estaba ella. Hastiada, cansada, incomprendida. Sin saber muy bien por qué seguía escuchando esas patrañas. Sin saber por qué esta ahí, aguantando al pie del cañón, con su sonrisa, sus participaciones y su entereza.


Todo aquello carecía de sentido.

martes, 1 de octubre de 2019

Lugares

No se lo puede creer, otra vez en el mismo lugar. Y su cara, verdaderamente, puede describirse como de asombro.
En realidad, no es que sea un mal lugar; al revés. Es un lugar estupendo: un clima estable, sin muchas precipitaciones, teniendo suficientes cosas que hacer para no aburrirse un sábado por la tarde, conversaciones medianamente entretenidas y, en definitiva, todo lo que se puede pedir de un lugar. 
No, el problema no es del lugar. El problema, sin duda alguna, es ella.
El hastío profundo procede de ella; al igual que ese largo suspiro.
Pero... ¿qué le ha pasado? Hace algún tiempo estaba enamorada de aquel sitio, sin querer marcharse, sin querer moverse. Le fascinaba todo lo que sucedía y empezaba los días con tremenda emociónen en el cuerpo. ¿Qué ha pasado? En realidad, no tiene mucho sentido nada de esto. Ni siquiera tiene claro si ha sido de manera progresiva, amanecer tras amanecer, o por el contrario, ha sucedido de repente, en el transcurso de un segundo (y un click en su cabeza).
Eso, en definitiva, da igual; seamos sinceros. El resultado es el mismo: se ha cansado. Ya no le gusta vivir ahí. No le aporta nada.
De lo que sí, no hay duda, es que ahora se le plantea una nueva situación: ¿se va? ¿se queda?
Hay un refrán, que ella jamás entenderá, que dice algo así como "Más vale malo conocido que bueno por conocer". Si toma aquella estúpida frase como referencia, vale mucho más la pena quedarse en ese lugar que buscar uno nuevo, ante el temor de equivocarse. Está claro, está decidido. Puede respirar tranquila.
Pero... pero por otro lado... ¿y eso de levantarse todos los días hastiada de este lugar? ¿Terminar odiándolo en lugar de simplemente estar aburrida? ¿No es más difícil esa situación? ¿No es acaso más negativa?
Es duro pensar en que llegará un punto en el que ni siquiera será capaz de recordar su propio hogar, que todo lo que le había sido familiar y hermoso alguna vez, en lugar de recordarlo como ahora, con evocada tristeza y cierta nostalgia, lo reproduzca en su mente con ira.
Entonces, sin duda, mejor partir. Ahora sí, decidido. El petate hecho. Partir. ¿Pero a dónde? ¿Donde encontrará ese clima tan estable? ¿Dónde tendrá algo que hacer un sábado por la tarde al aburrirse? ¿Quén le dará conversación, que aunque típica o medianamente entretenida, al menos están aseguradas de falta de silencios incómodos? En definitiva, dónde va a poder encontrar un lugar tan fantástico.

Se levanta de la cama, un poco más despejada y reconociendo que su problema tiene diferentes dimensiones que abordar para considerarlo de forma adecuada. Se cepilla los dientes, se lava la cara, se peina y echa un vistazo al espejo.
Ella tampoco es la misma chica que llegó por primera vez a ese lugar. Y tampoco sabría decir qué es lo que ha cambiado exactamente en ella, ni si ha sido día tras día o de repente, en un segundo. Quizás, en realidad, el único problema que hay es ese: ella ya no es ella y por tanto, ese lugar no es el suyo.
Sale a dar una vuelta, sólo para despejarse. No encuentra respuesta, pero decide quedarse un día más. Quizás el lugar vuelva a enamorarla, o quizás ella cambie de nuevo y el lugar vuelva a ser para ella o cambie tanto, que ella ya no tenga lugar y deba marcharse a encontrar el suyo.

Pero eso se decide mañana.