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miércoles, 22 de noviembre de 2017

miércoles, 4 de enero de 2017

Estoy preparada para...

 Resultado de imagen de 2017
Quizás con los años me vuelvo menos ingenua. No sabría cómo definirlo, sinceramente.

Hoy en FaceBoock he visto que hace un par de años, publiqué una lista de intenciones, los típicos propósitos de año nuevo.
Supongo que eso nunca cambia, ¿no?

La lista era la siguiente:
  • Hacer ejercicio diario (para ponerme en forma para el Rugby y el Jugger).
  • Ser más ordenada (dejar que se le vea el suelo a mi habitación).
  • Terminar un libro (tengo mil empezados, me conformo con uno).
  • Sonreír más y preocuparme menos.
  • Hacer algo arriesgado que no haya hecho antes.
De toda esa lista (del 2015 ya), me temo que sólo he cumplido las 2 últimas: sonrío un poco más (todavía no lo suficiente) y me preocupo un poco menos (dando siempre hasta llegar al límite, aunque tenga que frenar antes); por lo menos el Carpe Diem lo llevo un poco más a "rajatabla".

Lo cierto es que mi vida ha cambiado, no tanto como me gustaría, pero ha cambiado.

No estoy conforme ni descontenta. Sé que tengo que cambiar pero que los milagros no existen.

Por último, me gustaría proponer un mensaje cómico. Mis espectativas no pienso rebajarlas.

domingo, 16 de octubre de 2016

Para que un pez no tenga que trepar árboles.



Me creáis o no, he llegado a comprender que la vida te lleva por el camino que tiene forjado para ti. No es un destino cerrado, quizás, pero sí te va encaminando hacia lo que debes.

Quizás por eso mismo, he terminado estudiando Educación Infantil.

Este vídeo es uno de los motivos por el que me he decidido.

Y no pienso rendirme.

martes, 16 de agosto de 2016

El mayor error de tu vida (de 2010)

Comentario previo de la señora Ex-Carmen(A)tada.

Diré que ha sido modificada (bastante) para adaptarla a los días que corren.

Una vez más, me sorprende lo que se puede repetir el pasado.

Y me doy cuenta de lo inocente que era entonces, cuando unos sentimientos se olvidaban en dos meses.

El mayor error de tu vida.

Cuando parece que ya no estás.

Cuando parece que ya no duele.

Cuando parece que ya todo ha vuelto a la normalidad y que ya puedo mirar a las estrellas sin llorar, apareces, de nuevo. Porque te busco. Porque intentas recordarme.

Vueles a irrumpir inevitablemente, sin llamar a la puerta, pidiendo disculpas por el ruido. Y lo peor de todo es que lo estaba esperando. Lo peor de todo, es que lo deseaba todos los días, deseaba algo así. Una carta, una palabra... "Te quiero guapa; no te mereces esto".

Pero debo elegir. Y no puedo, mi amor. No puedo elegirte a ti porque no estás tan cerca de mí como él (porque ni siquiera estás), ni puedo elegirle a él, porque simplemente, él no es tú, porque no es al que amo realmente (porque él lo sabe y me aleja).

Pero él me quiere, mi amor. Me quiere a su modo. Se arrepiente y le duele. O eso me esfuerzo en creer, en mi mundo de fantasía (que siempre fue más cómodo que la realidad). Y tu también ¿no, mi amor? Al menos hace algún tiempo lo juraste. Hace lo que parece siglos. Y yo te quiero tanto...

¿Dejo que pase el tiempo y que si, maldito de él, no me hace olvidar que al menos ya no duela? Que respirar no sea ese puñal en el pecho. Pero mi amor, es tan difícil mirar a las estrellas sin recordarte... es tan difícil pasar una noche sin pensar en ti... y me gustaba mirar las estrellas.

¿Estaría mal, mi amor, intentar enamorarme de él? Perderme como me perdí contigo, aunque luego me dé la espalda, aunque luego finja que no me conoce, aunque luego no le importe herirme por miedo a no ser herido primero

¿Estaría mal olvidarte siendo que me quieres o que quizás un día me quisiste? Que tantas promesas se olviden, sin una justificación razonable: sólo orgullo.

¿Para quién es más injusta la vida si yo permanezco dividida en dos, mi amor? ¿Quién de nosotros tres se aprovecharía más? ¿Quién de los tres sufriría más en silencio?

No puedo mantenerme en una ilusión, no puedo permanecer esperando hasta que llegue el día en el que nos encontremos, en el que podamos cumplir nuestro sueño, o el que un día fue el nuestro. No puedo permanecer en una ilusión ¿Pero debo hacerlo, mi amor? ¿Por mi? ¿Por ti? ¿Por él? ¿A quién traicionaría más profundamente si tu y yo nos juramos amor eterno?

No puedo continuar besando unos labios a los que no amo tanto como los tuyos; Pero son la mejor medicina que encontré para contrarrestar mi soledad. Y con mal uso, cualquier medicina se convierte en droga. Lo sabes, ¿no, mi amor? Los momentos de descanso son los que él me abraza.

Estaba convencida de que con esto no hacía daño a nadie. Después de todo, solo tu me querías. Él se encontraba en la misma situación que yo. Y posiblemente siga en esa situación y yo sólo esté teniendo fantasías, delirios. Pero con el amor no se juega, y una vez más, he llegado tarde para darme cuenta. La niña que nunca aprende.

¿Cómo voy a seguir con esta farsa tan bien elaborada? Si todavía hay fuegos encendidos en mi pecho por tu mano, con lo que podría forjar cualquier metal; cuando él sólo es la brisa que lo templa. ¿Dónde queda el trabajo mejor realizado? Como si lo uno sin lo otro fuese un trabajo concluso.

¿Debo seguir con él, mi amor? ¿Qué me dices? Es cierto que le quiero, que me despierta ese palpitar que juré enterrar para siempre. Y quiero que así se quede aunque me duela estar descorazonada. En cierto modo, es el único que me hace olvidarte. Y como buena medicina, se está convirtiendo en mi droga y en mi sustento. ¿Qué pasa si esta vez puede de nuevo el orgullo?

¿No es cruel, mi amor?

¿No es injusto, mi amor?

¿Qué tengo yo, una simple mujer sin terminar de construir para que dos seres tan maravillosos se fijen en mi? Aunque uno ya me haya olvidado, mi amor, y el otro se esfuerce en hacer que no me conoce. Pero no solo os habéis fijado, mi amor, habéis cometido el mayor error de vuestra vida. Os habéis enamorado (o un día así lo juraste) de alguien que jamás podrá ser perfecta. De promesas vacías que ahora quedan guardados al fondo de un cajón de ropa que nunca me pongo. De recuerdos pasados que jamás se recuperarán, porque en su día cerré el candado y eché la llave al mar. De pesadillas que me perseguirán, atormentándome eternamente por el error que repararía.

Y sin embargo, sólo él hace que mi sueño guarde una respiración tranquila. Respiración que tú me robaste.

¡Oh! mi amor, mi amor, cuanto me gustaría abrazarte, besarte, cuanto me gustaría poder tocarte, mi amor, susurrarte al oído todas aquellas promesas, recuperar lo que un día fue nuestra vida. Y sé que no puedo. Lo peor de todo, es que sé que no puedo. Porque ya no estás, porque te empujé lejos y decidiste dar media vuelta.

¿Por qué habréis cometido semejante error? Encender un corazón que nació roto ¿Por qué decidiste caer, mi amor? Si luego tenías pensado abandonarme ¿Qué tengo yo que pueda hacerte tiritar aún cuando hace calor?

Has cometido el mayor error de tu vida, mi amor. Dar vida a algo que no puedes matar. Dejarme moribunda para siempre.

martes, 8 de marzo de 2016

Cuando tiran todo tu trabajo por tierra.

A veces, al escribir aquí, sólo me apetece contar lo malo que me pasa, nada más que un reflejo de cual es mi punto de vista, sin tener que negociar con nadie, ni contar con la opinión de la vida de los demás.
Sólo eso. Y por eso me siento bien.

Últimamente estoy especialmente agotada (cuanta mente junta). Me meto en muchos proyectos, a veces más de los que puedo abarcar (es posible), y me gusta. Me siento útil, desarrolla muchas de mis capacidades, me mantiene activa, evita que piense en según que cosas negativas...

Pero qué pasa cuando, absolutamente nada de lo que haces, parece ser suficiente. Cuando siempre hay un pero o una mejora, una coletilla o la puntilla que falta al trabajo. Y qué casualidad que muchas de esas veces, la coletilla la ponga alguien que todavía no ha movido ni un dedo, que se sienta a esperar a ver qué pasa por el lugar.

Estoy cansada. Aunque no sea así realmente, me siento con la palabra INÚTIL marcada en la frente.

Me gustaría que de vez en cuando, alguien me dijera: lo has hecho perfecto, nadie podría haberlo hecho mejor porque nadie se ha esforzado tanto como tú.



Sé que realmente esto no es así. Sé que no lo hacen por criticar, sino por mejorar de algo bueno a algo mejor.
Aún así, hay veces que me encuentro muy cansada. Agotada.
Pero contra eso no pe puede luchar. Sólo seguir y esperar que alguien te diga "Buen trabajo, pequeña, buen trabajo".

sábado, 23 de enero de 2016

Mi futuro contigo.

Puede que a veces peque de exceso de imaginación, no lo voy a negar. Tampoco es algo que quiera empezar a evitar. Me gusta perderme por el "´qué será", por el "qué pudo haber sido". Quizás por eso siempre me emocione tanto con una idea futura que ni siquiera puede ser.

Me imagino escribiendo, como ahora mismo, en un ordenador, en un pequeño despacho que acondicionamos hace poco tiempo para que tú pudieses seguir estudiando y yo me convirtiese en una escritora famosa. Ando en una entrada en mi blog de moda, perfilando una novela, o simplemente perdiendo el tiempo perfilando la técnica. Las opciones varían dependiendo de mi autoestima (qué le vamos a hacer).

Entonces, oigo cómo se introduce una llave en la cerradura. Sé perfectamente que eres tú. Tienes una forma única de hacer las cosas e incluso cuando no te veo, sé que eres tú (llámalo sexto sentido; ya sabes que siempre he sido un poco Daredevil). Vienes posiblemente de una guardia, o de un turno de noche. Esta semana es dura para ti. Nuestros hijos están en la cama (por si te interesa, son tres) e intentas hacer el menor ruido posible para no despertarlos, aunque sabes que no lo harán porque siempre han sido de dormir muy tranquilos.

Entras en el despacho, llamando suave con los nudillos, para no asustarme. Aunque sabes perfectamente que te he oído llegar. Son esa clase de detalles los que me encantan: los que haces sin que la gente se dé cuenta de que los haces.

Sueltas el maletín (eso dí que da igual; trabajes donde trabajes, llevarás maletín) y te sientas en el sofá, esperando a que yo vaya a reunirme contigo después de apagar el ordenador.

Sólo de verte me haces sonreír. Por muy poco fructífero que haya sido mi día, y aunque a la mañana siguiente tenga que discutir con el editor de mi nueva novela, tú haces que se me pase todo. Estás cansado, se te nota en la cara y en ese gesto que haces al levantar las cejas para hacer según qué comentarios (no dejes de hacerlo nunca, por favor). Aprovechas a tumbarte sobre mis piernas en el momento en el que me siento. Y yo, como siempre, porque me encanta, comienzo a acariciarte el pelo. Espero que siga sin gustarte que te toquen el pelo y que sea las pocas personas que pueden hacerlo.

Hablamos un rato sobre cómo nos ha ido el día, sin decir nada y diciendo todo. Es una de las cosas que más me gustan de ti. Se puede hablar sin medir palabras. Y eso es asombroso. Tú te quejas. Te quejas mucho. De cómo funciona la vida y de cómo debería funcionar. Me gusta. Me transmite una sensación de paz. No sé todavía por qué, después de tantos años, pero es como cuando te conocí.

Cuando ya se nos empiezan a cerrar los ojos pro el cansancio, decidimos irnos a dormir. Antes de levantarnos del sofá, me dejas darte un tierno beso en la mejilla ("eso significa que cuidaré de ti toda la vida").

Antes de meternos en la habitación, decides echar un ojo a nuestros hijos. Están durmiendo plácidamente, sin saber que su padre ha llegado de trabajar. Posiblemente por la mañana se lleven una gran alegría. La idea de vernos a los cinco comiendo en la mesa es otra de las que más me gusta. Sé que repito mucho eso, pero no creo que pueda ser de otro modo.

Tú creías que no podrías ser nunca un buen padre, ni un buen marido.

Yo no puedo imaginármelo de otra forma.

Aunque yo nunca sea tuya y tú nunca seas mio.

miércoles, 13 de enero de 2016

¿Público o Privado?

Quizás esta reflexión no le guste a mucha gente. Son consciente de que es uno de los temas que más separación causan entre la población española (quizás en otros países también, pero no puedo hablar de ellos).

Desde luego, lo ideal, la utopía, el súmmum de la perfección, sería que todas las personas tuvieran el mismo derecho a acceder a las mismas prestaciones, con la misma calidad de servicio y de nivel. Pero no es así. No lo veo como algo real, por mucho que duela, para empezar, porque siempre habrá personas que lo usen mal, que se aprovechen de la ventaja de otros, etc.

En mi corta existencia (consideremos corta la tierna edad de 22 años), me he visto envuelta en las dos caras de la moneda (consideremos lo concertado como privado, aunque no lo sea). Desde temas de Sanidad como de Educación. Desglosemos:

La Sanidad Pública española es de las mejores del mundo (recalquemos la palabra pública). La atención "masificada" que se da a todo el mundo sin pensar en la capacidad económica de esa persona es maravillosa, necesaria y me parecería una aberración eliminarla. Creo que los servicios de sanidad deberían ser capaces de extenderse a todo aquel que los necesite y para ello, estoy más que dispuesta a sacrificarme pagando unos impuestos destinados a ello. Ahora bien, ¿qué queréis que os diga?: hecha la ley, hecha la trampa; Se necesita un control mucho más riguroso del acceso de ciertas personas a esta dimensión pública.
Ahora no me refiero al pobre extranjero de países menos desarrollados, que ha abandonado su país de origen para buscar un futuro mejor. Hablo más bien de la familia bien que coge un avión desde Inglaterra para hacer un trasplante gratis a alguno de sus parientes. ¿Cuantos casos de esos se habrán visto? Para mi gusto, demasiados. Podría poner más ejemplos de lo que me gusta y lo que no me gusta de la Sanidad Pública, pero no voy a meterme en ello (quizás en otra ocasión).

Yo más bien, tenía interés en escribir esta entrada, para hablar de la Educación. En primer lugar, mencionar que hablo desde el punto de vista que he podido obtener, hablo de mí y de mi experiencia, por lo que pido disculpas de antemano si alguien no está de acuerdo en esta forma de ver el mundo.

Desde pequeña, mis padres me apuntaron a un Colegio Concertado. Estuve estudiando ahí desde 1º de Primaria hasta 2º de Bachillerato (la mayor parte de mi vida, vamos). Y podría decir mil maravillas de mi Colegio, porque no sólo han sido profesores, sino que han sido grandes educadores (desde más pequeña hasta más mayor). Han sido mi familia, una gran familia que se ha preocupado de mí, no sólo de mi expediente académico, sino de mí personalmente. Gracias a ellos, conseguí superar los estudios, hacer la Selectividad y tener la oportunidad de tener una nota para acceder a la Universidad. Y no sólo hablo de la materia que me impartieron. Hablo de el Colegio como personas que han trabajado junto a mi. No sé por qué, eso se me hace imposible en un Instituto Público (al menos, en contraste con lo que he hablado con otras personas).

Después de ello, accedí a la Universidad (que de pública se podría dudar, puesto que hay que poder pagarla -y no todos pueden acceder económicamente a la carrera que desean, en parte porque las becas están mal repartidas [aunque eso sea otro cantar]-). Precisamente en comparación con el sector Privado, el Público no tiene esa familiaridad. La gente no se conoce entre sí; sólo existen números y expedientes y conforme vas avanzando, si tienes suerte, eres llamativo y tienes gran capacidad de relación, serás alguien en los cursos siguientes.
Igual aquí entra un factor en cuenta, del que muchos otros que han pasado por la Universidad carecen y aunque no me gusta presentarlo de excusa, sé que es parte de mí y obviamente, me define: presento una discapacidad.
¿Qué quiere decir esto? Necesito muchos más puntos de referencia que la mayoría de la gente. Necesito conocer personalmente a la gente con la que voy a estar y que los que van a estar conmigo conozcan mi situación a fondo (y no como "¡Ah! tú eres la chica con discapacidad, ok").
Reconozco que mis circunstancias son prácticamente exclusivas y eso reduce el sentimiento que vosotros podáis sentir al leer esto.
Tomé la decisión de abandonar la Universidad. Y lo "peor" de todo, es que no creo que haya sido una mala decisión.

Como he de hacer algo con mi vida (no porque la sociedad me lo exija, sino porque yo quiero salir adelante sin necesitar nada de nadie), decidí apuntarme (la verdad que por pura coincidencia) a un curso para ser Actriz de Doblaje.
Jamás en mi vida me lo había planteado, un poco porque ese tipo de profesiones es como ser futbolista o cantante, ¿no? se ve muy lejano.
El curso lo hago a través del Grupo San Valero (CPA, Universidad San Jorge...), es un centro privado de educación de Audiovisuales y lo cierto es que estoy realmente encantada con el trato que me están dando. Es una educación personalizada, donde el profesor está por y para ti. Te conocen personalmente y valoran algo más que "tú tienes buenas notas".

Qué voy a hacerle. Creo que en la Educación, el Sector Privado se lleva la palma.

No sé como concluir esta entrada. Tenía pensado orientarla de otra forma pero ha derivado de tal modo que ya no es lo que pretendía (no me quejo). Creo que simplemente, terminaré con que esspero que algún día, el trato del Sector Público se acerque un poco al del Sector Privado para que todos puedan entender por qué hay una diferencia de opiniones y de gustos.

El problema no es el dinero que te da el acceso a un mejor Servicio. El problema está en que los profesionales de cualquier tipo de Sector (tanto Público como Privado), deberían mirar por sus "clientes" y no considerarlos sólo un expediente, sino personificarlos y dignificarlos de manera individual.

domingo, 18 de octubre de 2015

Una, preciosa y dedicada.

Tememos al Sol por su luz,
¿acaso porque esa luz nos ciega?,
¿acaso porque nos muestra tal como somos?
¿acaso porque su luz es sólo
una pizca de lo que somos por dentro?

"No lo sé, lo intuyo" - me dijo la Luna,
amante de estrellas, baúl de recuerdos.

Sigo sin saber el por qué de ese miedo,
sólo sé que no se nada, la peor excusa de la historia.
Sólo sabes lo que quieres saber
y por ello te digo:
"No es bello todo lo que digo,
pues tú dejaste de temer al Sol
y por ello tú te quedaste con la belleza,
tu ascendiste y hoy eres la nueva dueña dueña de los mares
y amante de la Tierra y las Estrellas"


En mi defensa diré que jamás he sido una persona de poesía estricta.

Me parece que se pierde mucho sentimiento en buscar las palabras que rimen (en lugar de las que guarden mayor significado). Por eso, la poesía libre es mi favorita de entre todas (aunque la musicalidad de la otra me conquiste).

Ésta poesía me la ha dedicado de forma reciente un nuevo amigo que he hecho. Hace años que nos conoceos, pero por cosas de la vida, no fue hasta hace poco que empezamos a crear una amistad.

Y eso siempre me hace darme cuenta de las maravillas que nos perdemos por no prestar un poco de atención.

jueves, 8 de octubre de 2015

Porque siempre he sido de Dramas.



No tengo mucho más que decir.

Sólo que siempre me han parecido más reales estas historias que todas esas con perdices.

La vida no es justa. Eso no hace que sea menos perfecta.




Sólo sueño que alguien termine amándome
tanto como ellos dos se amaron.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Por fin te descubro (de 2009)

Comentario previo de la Señora Ex-Carmen(A)tada.


En mi juventud, siempre me he considerado una romántica. Digo en mi juventud, no porque ahora no sea capaz de escribir estas cosas, sino porque ahora ya no me las creo tanto. Sin embargo, mi adolescencia era un conjunto de sueños de un príncipe azul sacándome de clase para decirme cuánto me amaba por quien era, no por cómo era. Ya veis qué original.

Lo más  curioso, es que casi nunca hablaba de "amor", sino más del componente sexual. Debe ser que las hormonas me pasaban factura ¿o qué?

Anunciar, por último, pero no por ello menos importante, que ésta es mi primera historia erótica (que yo recuerde). No está nada mal se la miras como "la primera".

Por fin te descubro.

-Te he dicho que me dejes en paz, que yo hago con mi cuerpo lo que me da la gana. En serio, ¡déjame en paz de una vez! - le doy un empujón y continúo subiendo las escaleras.

-No sabes lo que haces - me contesta, aún siguiéndome con terquedad. ¡Dios! Qué escaleras más largas.

-¡¿Y cómo sabes eso?! - me doy la vuelta con brusquedad y le planto cara, bajando las pocas escaleras que nos distancian. Serena por fuera. Furiosa por dentro. Quiero acabar con él. Acabar con todo ello.

Es tan alto que aún ahora, cuando yo estoy un escalón por encima de él, sus ojos quedan a la altura de los míos, cruzándose en una mirada chispeante de ira que grita más que nuestras voces. No sé en qué momento hemos llegado a esta situación y sin embargo, todo tiene sentido en mi cabeza. Es una sensación demasiado contradictoria.

-Lo sé porque te conozco mejor que ese gilipollas - mueve las manos como si señalase a alguien en algún rincón. A alguien que no está presente -. Al menos te conozco en tu forma de pensar y de sentir, de querer, de desear, de soñar...

De pronto, pierde toda la rabia de su mirada. Me lanza una mirada, tímida, de arriba a abajo. Como si leyese un alma que conoce demasiado bien y al mismo tiempo, como si no conociese a quien tiene delante. Por segunda vez: una sensación demasiado contradictoria.

Tiene razón. Lleva conmigo toda la vida. Ha soportado todos mis amoríos, mis novios y mis ligues. Aún cuando él, está enamorado de mi. Sé que puede sonar cruel, pero no quería que se fuese nunca de mi lado y supongo que por eso nunca he dejado que se declarase. No es que le robase esperanzas, es que si no las tenía... nunca daría ese paso y así yo jamás me arriesgaría a perderlo. Siempre ha estado ahí, con una sonrisa. Sin embargo, éste último, no sé por qué, se le ha atragantado de lleno.

Estamos los dos en uno de esos silencios incómodos que a nadie le gustan. Veo cómo agacha la cabeza. ¿Avergonzado? Quizás es que se ha cansado y que ya no aguanta más. De repente, oigo como algo se parte dentro de mi pecho, como si me contagiase su tristeza. Y no lo entiendo, porque siempre he deseado que él no me amase para no hacerle daño.

-¿Qué te ofrece él que no pueda ofrecerte yo? - me pregunta desde el escalón de abajo, todavía sin mirarme. Y ahora me doy cuenta de que lo que le hace agachar la cabeza es el orgullo.

-Él me ofrece más cosas que tú no podrías... que tú no sabrías... - no se me ocurre una excusa factible, mas que siempre he querido que él estuviera ahí y si todo salía mal entre nosotros, jamás le tendría.

Sube el peldaño que nos separa y me aprisiona entre la pared y su cuerpo. Se acerca a mí, guiado por un extraño brillo en su mirada que me inquieta y que a la vez me atrae de una manera innegable. Siento todo el calor en mi pecho, de confianza, de paz, de tranquilidad. Y sin embargo, mi pulso es el mismo que si hubiese corrido una maratón y me faltan pulmones para conseguir tanto aire. La tercera vez: la contradicción.

-Apuesto a que él no te acaricia como lo hago yo.

Nada más decir esto, levanta un dedo y lleva hasta mi mejilla, donde se unen los demás dedos, en una cadena que espero que no acabe jamás. Deja un surco de llamas por donde pasa, como si fuese la primera vez que sus manos me acariciasen. Cierro los ojos. No me atrevo a mover ni un músculo.

Igual esto es sólo un sueño y en cuanto abra los ojos, desaparecerá y él ya no estará a mi lado. Ni su mano acariciando mi mejilla. No quiero moverme. No quiero que el sueño acabe.

Le da la vuelta a la mano y como el engranaje de un reloj, levanto mi cuello, para que la caricia pueda descender de la forma más natural que ha existido nunca. Coloca su otra mano sobre mi otra mejilla, como el preludio de un gran abrazo, en el que primero participa de forma tímida. Y de nuevo, sus dedos dejan surcos de llamas.

Cedo al deseo de su amor, al deseo de que me pruebe que él puede más.

Y sus manos ya recorren mi pecho. Sin que yo me haya dado cuenta de ello y habiendo aprendido el recorrido de ellas al mismo tiempo. Pero parecen no estar saciadas y se deslizan a mi espalda, lo que obliga a que él se acerque un poco más a mí. Un poco más cerca de lo que estaba antes. La recorre sin cesar y cuando ya no llegan sus manos más abajo, se agacha, continuando delicadamente, oliendo mi piel, hasta que termina en mis tobillos.

Un escalofrío, seguido de un suave gemido que no me atrevo a gritar en voz alta, sacude todo mi cuerpo. Pero él no se detiene ahí. Se ha decidido. Lo sé. Lo conozco. Tras una ligera pausa, en la que sé que ha sonreído, comienza a subir. Y yo no puedo más que volver a suspirar, quedándome muy quieta y con los ojos aún cerrados. No vaya a ser que el sueño acabe.

La eterna caricia termina y el telón cae. El sueño se acaba y despierto. Abro los ojos y ahí está él. Más cerca que nunca. Y la melancolía de sus ojos me hace cerrar los míos de nuevo.

-¿Lo hace así?

-No.

Eso es todo lo que puedo decir. Sus dedos aún permanecen en mi mente, como ascuas quizás, pero ardientes al fin y al cabo. No puedo pensar con claridad.

-Apuesto a que él no te mira como si fueses la chica más hermosa del mundo entero, la más especial, única...

Lo peor de todo es que tiene razón. Y no sé qué me hace más daño. Haber desperdiciado mi tiempo con alguien que no me aprecia o habérselo hecho desperdiciar a él, por haberme querido todos estos años sin decir una sola palabra.

-No.

Abro los ojos y me encuentro, de nuevo, con su mirada. Como si me quedase otra opción que no fuese aquella. Me estremezco de nuevo al darme cuenta del significado de su brillo: rabia, pasión, dolor, amor. Hay algo en esos ojos que me excita. Quizás el miedo que percibo detrás de la seguridad con la que me mira; ese miedo a no conseguir lo que se propone, en perder lo que más desea en este mundo.

Cada segundo que pasa es como un eterno tiempo. Son consciente de todo con total claridad y sin embargo, parece que no me entero de nada y que todo lo que analizo es sustituido por lo siguiente. Una de esas situaciones que sabes que se quedarán marcadas, pero en el momento no puedes recordarlas. Sólo tengo sentidos para él.

Percibo su olor. No es una colonia y sin embargo, es el más dulce y embriagador de los aromas: a calor. Su cuerpo, que ahora permanece en tensión, me atrae de una manera indescriptible. Su piel, tapada por esa camiseta negra y esos vaqueros... Nunca le había deseado tanto. Quizás porque hasta hoy, no le había visto como lo hago ahora.

-Apuesto a que él no se detiene a oler tu cuello, o tu pelo, ni nota tu piel tan suave, apuesto a que no se preocupa si te ve los ojos vidriosos, ni se sabe tu canción favorita - sigue intentando convencerme de algo de lo que yo ya estoy segura. Pero quiere demostrar que él ha estado siempre ahí.

No me concede tiempo para contestar. Quizás ya no necesite oír ninguna respuesta más. Quizás haya leído en mi mirada la respuesta.

Se acerca a mi mejilla y la besa con suavidad, sólo para luego, sin despegar los labios, bajar hasta mi cuello. Le dejo actuar. No quiero que se rompa la magia que ha provocado que se abalance sobre mí. No quiero que nada de esto acabe.

Me huele el pelo, como si fuera lo más maravilloso que ha respirado en este mundo. Luego, lo retira, despacio, dejando que me acaricien de nuevo sus dedos, como en un afortunado accidente. Besa mi cuello, lo muerde sin destrozar mi piel. Sus labios van desde arriba hasta abajo. No se detiene cuando mi camisa se lo impide. Me desabrocha los dos primeros botones, alejándose un poco de mi.

Sin quererlo, rompo mi tranquilidad y temiendo que se vaya, paso mis dedos por detrás de su cuello, aferrándole junto a mí, impidiendo que se vaya o que pueda alejarse más, porque no quiero dejar de notar su respiración, que se agita ante mi descuido.

Pone los labios donde el contacto ha terminado unos segundos antes, como si tuviera una marca en el pecho que hubiera que cubrir. Sigue bajando. No necesito detenerle, porque mi cuerpo no responde a órdenes contradictorias.

Separa de nuevo sus labios de mi piel, alejándose de mi; más lejos aún que antes. Y la fuerza que hago no es suficiente para detenerle. Una vez más, nuestras miradas vuelven a cruzarse.

-Apuesto a que él no te besa como lo voy a hacer yo ahora mismo.

De nuevo, no necesita de mi respuesta para llevar a cabo su afirmación. Sus labios chocan con los míos. Mi corazón da un vuelco. Son los labios más maravillosos que he besado. Al principio, surge como una caricia: delicado y dulce. Pero poco a poco, como los tsunamis, va cogiendo fuerza y crece y crece, hasta que ya no queda nada de cariño y todo se convierte en deseo.

Parecemos uno solo. Sus movimientos guían los mismos. Mis movimientos, guían los suyos. Seguimos en el mismo peldaño de la escalera donde yo me he detenido a plantarle cara. Un recuerdo que ahora parece muy lejano. Bien podrían poner ahí una tumba, porque no me importaría morir en este mismo momento.

Su cuerpo, cada vez se acerca más al mío. Como si eso fuera posible. Hasta que al final, ya no queda ni un ápice de aire entre nosotros dos.

Mis manos enredadas en su pelo, permanecen en un nudo que espero que no se suelte jamás, aferrándome a él por temor a que ahora que por fin le conozco, decida desaparecer, que no le merezca la pena recompensa a tanta espera. Mis manos están quietas. Sin embargo, las suyas recorren mi cuerpo entero. Parece querer memorizarse mis curvas. También quizá por miedo a que yo despierte y vuelva a ser la misma de antes.

Mi respiración se agita aún más cuando, tras haberme agarrado por las piernas, me levanta hasta situarme encima de su cadera. Mis piernas, en un acto de pasión, se han aferrado, como mis manos, entorno a él, evitando de esta manera que pueda escapar de mí.

No sé si él es capaz de respirar, pero a mi me cuesta. No sé si él es consciente del rato que llevamos juntos, entrelazados en las escaleras. Yo he perdido el sentido del tiempo y me alegro infinitamente.

Como guiado por mis pensamientos, comienza a subir de nuevo las escaleras, mientras yo, sigo enredada a él, besándole, recogiendo todo lo que él me entrega: aquel deseo ciego, que sólo hoy, después de muchos años, se a atrevido a mostrar y que yo me he olvidado de negar.

Llegamos a mi piso. Menos mal que ya hace tiempo que no cierro la puerta con llave. Eso habría supuesto separarnos y retrasar las cosas.

Nos caemos en la cama. Su cuerpo está sobre el mío, pero por una extraña razón, no noto su peso en absoluto. La falta de aire de mis pulmones es provocada por sus besos, sus caricias.

Comienza a quitarme la ropa, desabrochando los botones de mi camisa que aún le quedan por desabrochar, mientras yo, hago lo mismo con su ropa. Rápidamente, él, tras haber pasado sus labios por toda mi piel, ahora desnuda, pasa al botón de mi falda, mientras yo, le suelto el último botón de su pantalón.

-Apuesto a que él nunca te ha deseado tanto como yo.

Y termina entregándome todo lo que mi cuerpo desea: a él por entero.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Y se puede aplicar a todo.

-Lo primero que hay que tirar es esa mariconada de la pared. Y luego, esta mariconada de manta.
-¡Eh! ¿Qué le acabas de llamar?
-No, no. No le he llamado nada. Me refería a la manta.
-Le estás insultando con esa palabra.
+Tranquilo papá, no estoy ofendido.
-Porque tienes 16 y aún piensas bien de los demás. En unos años verás el odio que hay en las personas. Incluso en las mejores.¿Dices negrata?
-Claro que no.
-¿Y subnormal? A esa chica de los animadores... ¿le dices que es subnormal?
-¿A Becky? ¡No! Es mi amiga. Tiene Síndrome de Down. Sería cruel.
-¿Y te parece bien venir a mi casa y decir maricón?
-Pero no me refería a...
-Sé a lo que te referías. ¿Crees que yo no usé esa palabra a tu edad? Si un chico flojeaba en el equipo, decíamos "déjate de mariconadas; espabila". Nos referíamos a lo mismo que tú te refieres: que ser gay está mal, que es una ofensa para todos. Creí que eras diferente. Creí que al estar en el Glee Club y al tener esa madre, pertenecías a una nueva generación de tios que lo ve de otra forma, que habías llegado al mundo sabiendo cosas que a mí me ha costado muchos años aprender. Estaba equivocado.

El que defiende al débil, al marginado, al impedido, se merece las alabanzas del mundo entero.

Algún día, los discursos como este se habrán olvidado y ya no serán necesarios, porque lo único que habrá en el mundo serán personas.

sábado, 14 de marzo de 2015

Exclusivo para ti.

Me obsesionan los Zombies. Mucha de la gente que me conozca lo sabrá. No es que sea una paranoica de ellos, pero digamos que sí que creo que el apocalipsis más probable que vamos a sufrir sea a causa de la raza humana por experimentar con cosas que no debe.

El caso es que de vez en cuando (a veces viniendo a cuento y a veces sin venirlo), tengo sueños con estas criaturas.

Ha sido el caso de hoy.

Digamos que por mi mente luchadora, se me suele dar bastante bien y aunque no tengo buena visión, ni mucha fuerza, digamos que mi cabeza siempre se sitúa como la imprescindible del grupo, la que dirige el cotarro, no por sus habilidades a la hora de matar zombies, sino a la hora de evitar los mayores daños posibles.

El sueño ha ido por sus clásicos derroteros: gente que conocía a la que tenía que cuidar y proteger (mi familia) y mucha gente desconocida que se iba uniendo a nuestra causa. Lo típico ¿no? Quizás un poco sacado de Walking Dead.

Cuando entraban en el edificio donde estábamos, obliigándonos a salir a nosotros y a comenzar una peregrinación, lo he pasado bastante mal (verdaderamente mal, porque tengo unos sueños demasiado vívidos). No nos ha quedado más remedio que salir y dejar a todos los Caminantes ahí encerrados, evitando que cubriesen nuestra retaguardia.

Salir al aire libre y fresco en este apocalipsis es difícil, porque no te puedes permitir el lujo de parar ni un solo instante ni de descanso. Perdemos a muchos por el camino, "amigos desconocidos" de mi vida real, hasta que sólo quedamos un reducido grupo de unas 10 personas, con tres niños pequeños (de entre 10 y 15 años) a los que debemos cuidar y proteger.

Pero peor que los zombies, pero que ellos son los pocos humanos que quedan con vida. Se vuelven desconfiados. Que haya más personas implica tener menos recursos para uno mismo. Nos volvemos desconfiados, avaros, mezquinos, MALOS. Pero supongo que es la lucha por la supervivencia del más fuerte.

Por eso, creo que estamos perdidos cuando me encuentro a un grupo armado de militares, apuntándonos con sus armas, rodeándonos, impidiéndonos el paso. Cierro los ojos y espero mi muerte, junto con todas las vidas de los que allí estamos. Pero no llega.

Nos vendan los ojos y nos llevan a otro lugar, en un camión o similar, qué sé yo, porque llevo los ojos vendados. Durante el trayecto, intento dar ánimos al grupo. Saben que seguramente serán carne de cañón. Todos hemos vivido experiencias similares.

Oímos una gran verja abrir y ajetreo, mucho ajetreo. Nos bajan y nos meten en un almacén o lo que parece serlo. Nos quitan la venda y allí siguen, un montón de hombres armados, todos con uniforme militar, apuntándonos sin ningún tipo de escrúpulo, hasta a los niños.

También hay un hombre con una bata blanca (o lo que antes debía ser blanco), que mira con aire sombrío, pensativo. Está triste y cansado. O eso es lo que creo yo.

-Ahora, uno a uno iréis pasando por éste cuarto para que el doctor os examine. Si no estáis infectados, se os pasará a otra zona del acuartelamiento para decidir qué queréis hacer. Si os quedáis, se os asignará un oficio. Si decidís marcharos, os daremos una mochila con provisiones y os alejaremos en la dirección a la que decidáis ir.

¿Podría ser mayor nuestra suerte? En el sueño se me queda una sensación de paz, de tranquilidad, de haber llegado a donde debía. Cuando todos hemos pasado el control médico, nos disponen a evaluar nuestras habilidades. Los niños se quedan. Un par de nosotros quieren irse y nadie parece tener intención de impedírselo: se les devuelven sus posesiones y se preparan para marcharse. El resto nos quedamos.

Doy una vuelta por el recinto. Las verjas están reforzadas con madera. Hay torres de vigía desde donde se puede disparar a kilómetros de distancia. El centro del recito está doblemente amurallado. Nos hemos metido en una gran base. Pero sin duda, lo que más confianza me da y a la vez más me aterra, es la fila de cadáveres que permanecen en el exterior, sin retirar, mostrando el peligro y siendo un impedimento para el resto de caminantes. La madera de todo el recito está cubierta con sangre, vísceras y demás piezas que hacen camuflar la zona. ¿Estamos seguros?

No sé cuanto tiempo pasa. Me ponen en el grupo de exploración y asalto, no tanto por mi puntería y mi fuerza, sino también por lo que hemos dicho antes: mi capacidad de evitar riesgos. Nos dedicamos a rescatar a más gente, a limpiar zonas y acondicionarlas para que cuando seamos muchos, podamos dividir nuestros grupos y poco a poco reconquistar nuestra tierra. Es un trabajo difícil que sólo nos permiten hacer una vez cada dos semanas. Salimos una semana entera en la que apenas dormimos y otra la descansamos en "casa", en nuestro nuevo hogar.

Es ahí cuando entra él.

En ningún momento del sueño le he hecho caso. En ningún momento del sueño me he dado cuenta de que él faltaba, porque no tenía tiempo para darme cuenta de ello. Sin embargo, ahora que estoy despierta, recuerdo el instante preciso, el mismo instante en el que le veo bajar del camión con un canguro en el pecho, portando un bebe, dormido, con la cabeza apoyada en su pecho.

Lo reconozco, lo reconozco a pesar del pelo tan largo, de esa barba tan mal cuidada, de tanta suciedad, de ese gran corte que le atraviesa la mejilla. Lo reconozco y hecho a correr, tirando lo que sea que llevase entre las manos. Llorando de emoción, de alegría, de miedo a que sea sólo un sueño dentro de un sueño. Le abrazo y no le suelto, enterrada en el hueco entre el niño y él. No dejo de besarle. No sé cuantas cosas habrán cambiado en su vida. Ni lo sé ni me importa.

No quiero saber si sigo siendo la persona más importante de su vida o si ya ha encontrado a otra. No me importa. No me había dado cuenta de su falta, quizás porque no lo necesito para sobrevivir. Pero me doy cuenta de que sí le necesito para vivir.

Mi sueño ha sido aterrador. En varias ocasiones el corazón se me ha acelerado hasta el punto del infarto. Me perseguían, me arriesgaba, me enfrentaba a la muerte sólo por que uno más sobreviviese, me quedaba atrapada, tomaba malas decisiones, moría gente por mi culpa... Y sin embargo, el final ha sido tan reparador, tan consolador, tan conciliador con mi alma... Las lágrimas han brotado de mi como nunca, al darme cuenta de cual es la persona a la que más quiero en éste mundo.

¿Podría vivir sin ella? En el sueño ha quedado claro que sí. No soy de las personas que se rinden. Me adapto y me levanto cuando me caigo. Sin embargo, la metáfora de verle allí y querer morirme por ser el momento más feliz de mi vida,

Hay veces que las palabras no pueden cubrir los sentimientos. Éste caso es uno de esos. Me gustaría que él pudiese meterse en mi cabeza y leer la paz de ese momento. La tranquilidad y la alegría. Porque en este sueño he sentido lo que jamás en mi vida me he permitido sentir.